María Ester Robles Canta Danzas.
Hija de puta, maricona isla.
Cómo me destruye su belleza.
Cómo me destruye su obscena historia.
No puedo desprenderme de su lastre.
La confronto en una voz color de espuma
profunda, como la firma de un navajazo.
Una firma de sangre sobre la piel transida.
No, no, no, tus dedos carimbos queman.
Ay de mi isla., mi isla, para siempre
perdida en post modernos pozos sépticos.
En ensayitos que no bregan, y pajas cómicas,
novelas de travestís hieráticas.
Isla que implacable me arranca de la ingle
la identidad que aún retengo encojonado.
Ay de aquel pueblo, donde amaron los niños,
escondido, en lluvia de compasivas lianas,
de la super carretera que lo menosprecia
para que languidezca en su margen, violado
por los Walgreens, Burger Kings, Wendys
que ahora conforman la multicultura.
Isla mía, mía, como la muerte, inevitable;
interminable orgía la desesperanza.
Excremento flotante, rumor sonoro
de las tripas desdeñosas del Imperio.
Alfredo Villanueva Collado
25.06.07
Comentario
Carlos Vázquez Cruz
María Ester Robles canta danzas es una pública intimidad (valiéndome del título del libro de Carmen Zeta). Los referentes del autor en cuanto a diversas disciplinas (sobre todo, música y literatura) convergen y, en ocasiones, se encuentran en dualidades que manifiestan bien reiteración (para recalcar el esfuerzo expresivo de la voz), bien contraposición de ideas.
El tropo de la mujer isla “canta claro” en: “Hija de puta, maricona isla… / La confronto en una voz color de espuma” (la voz nos remite a su dueña, cuyo nombre domina tres quintas partes del título). Una relación casi simbiótica se presume entre belleza y obscenidad histórica en: “Cómo me destruye su belleza. / Cómo me destruye su obscena historia”. Por lo tanto, resulta comprensible que a la voz poética le sea imposible desprenderse del lastre que caracteriza la realidad de Puerto Rico; la misma que estampa en el poeta su historicidad biológica.
Dos estrofas dedicadas a la voz, preparan el ambiente: “La confronto en una voz color de espuma / profunda, como la firma de un navajazo. / Una firma de sangre sobre la piel transida. / No, no, no, tus dedos carimbos me queman.”. En esos cuatro versos, aunque espuma alude al blanquecino alboroto de olas, ¿por qué resaltar el color y obviar la efervescencia? Porque esta última, el agite espumoso y turbulento, es el poema mismo. Las canciones transportadas por la voz de la cantante, han bajado la luna, han subido la marea en el alma del hablante. Por ello, la profundidad y la herida: la onda sonora que estampa su mortal rúbrica en la piel de quien escucha… la danza No me toques, de Juan Morel Campos, o las marcas históricas de esclavitud y opresión clasista en Puerto Rico.
Continúa la pieza musical/poética con dos estrofas que apelan a la realidad literaria-académica actual de Puerto Rico: “Ay de mi isla, mi isla, para siempre / perdida en post modernos pozos sépticos. / En ensayitos que no bregan, y pajas cómicas, / novelas de travestís hieráticas”. Para no olvidar el fenómeno musical, el lamento borincano del poeta se une al debate posmoderno en que, a su parecer, “se bate la misma mierda” (aún se analiza si la mierda batida es “la misma”; por lo cual la posmodernidad durará un poco más: se ha hecho cargo de la investigación). La degradación del juicio valorativo del hablante, hace su agosto hacia obras contemporáneas de la literatura puertorriqueña: con el diminutivo ensayitos para El arte de bregar, de Arcadio Díaz Quiñones; con pajas para comunicar que La raza cómica da fe de la masturbación mental de Rubén Ríos Ávila, y, con novelas de travestís hieráticas, la voz lírica sintetiza su creencia de que Mayra Santos-Febres, lejos de hacer un favor a la comunidad gay con Sirena Selena, vestida de pena, ha transgredido la realidad del ambiente que expone, y ha demostrado su poco entendimiento del mismo.
El complejo de castración aparece en “Isla que implacable me arranca de la ingle / la identidad que aún retengo encojonado.”. Como seres sexuados, se asigna el nombre como identidad para que cada cual responda a su fenotipo. Por ende, en la relación femenina-masculino en Isla-yo [retengo], invierte los valores patriarcales del poder. El ser se descubre víctima de su país, que lo anula; se manifiesta impotente ante la realidad desagradable de éste, y se revela en la desolación como un contenedor de ira (sólo conserva su nombre como una consecuencia del sexo). Vale apuntar la nota ideológica machista del hablante al conceptuar (aunque se entiende como símbolo) los genitales masculinos como la morada del poder.
“Ay de aquel pueblo, donde amaron los niños, / escondido, en lluvia de compasivas lianas, / de la super carretera que lo menosprecia / para que languidezca en su margen, violado / por los Walgreens, Burger Kings, Wendys / que ahora conforman la multicultura.” Éste, el segundo de los ayes, ocupa tres estrofas que cuestionan el progreso. Existe una añoranza por la época pretérita rural, pero no una fijación. Se recuerda el tiempo en que la vida de las personas implicaba contacto con la naturaleza, mas existe la certeza de que ese tiempo no regresará. Se sugiere el final de aquellos locus amoenus que han sido sustituidos por la invasión americana. Las farmacéuticas y las farmacias aplastaron la medicina natural. Los fast foods han convertido comer en otra de las prisas inherentes a la cotidianidad capitalista, como si creer que “el tiempo es oro” tradujera la alimentación en una pérdida de tiempo. A ello podríamos añadir las aceras, los estacionamientos, los edificios abandonados y los complejos de vivienda… trademarks del desarrollo que, gradualmente, transforma a Puerto Rico en un “100 X 35” de asfalto y concreto. [NOTA: El complejo insular ha determinado que el tamaño de la Isla es mayor que eso. Fuentes de entero crédito garantizan que existen esperanzas de que haya sobrepasado las medidas de otras islas que la superaban en extensión territorial.]
Como en Verde luz, la voz poética evoca la patria en los versos “Isla mía, mía, como la muerte, inevitable; / interminable orgía la desesperanza.”. Ya carente de la identidad que le daba su sexo, como se advirtió anteriormente, se llama a la nación como pertenencia en una eterna circunstancia de odio-amor según el tránsito emocional de la voz en esta pieza lírica. Así como belleza y obscenidad histórica establecían sinonimia, Isla y muerte aseguran al hablante que bien su vuelta a Puerto Rico lo llevará a morir, bien el deceso lo conducirá de regreso a la tierra natal. Quizás, debido a esto, la desesperanza es una orgía interminable, como declara el poeta. Se nutre y alimenta su coraje de manera incesante con la situación actual de Isla, copula hasta la saciedad con ella y sus desgracias, pero lleva, en el fondo, la convicción de que nada cambiará. La voz poética rescata los versos de Bécquer: “Cendal flotante de leve bruma / rizada cinta de blanca espuma / rumor sonoro de arpa de oro…”, musicalizados, y los altera con una nota rencorosa y despectiva: “Excremento flotante, rumor sonoro / de las tripas desdeñosas del Imperio.”. Tales líneas han destrozado el imaginario tropical de la isla que duerme en la superficie del mar, del compás rumoroso del oleaje y la agradable música de cuerdas. Además de la denuncia evidente, en estas palabras gravita un tono algo sombrío, matizado de profecía (lo cual retrotrae la definición de poeta como vate o ser que vaticina, adivina, predice). Dicho de otra manera, si las cuerdas del arpa son los intestinos del Imperio, y la Isla es excremento, pronto será expulsada. Sin embargo, aunque la descolonización representa felicidad para unos, tristeza para otros, discurrir en torno a este asunto, significa entrar en otra historia.
Si este poema de Alfredo Villanueva-Collado representa lo que pueden lograr la voz de una buena cantante y la identidad musical de un país, María Ester Robles debe seguir cantando danzas.